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El surgimiento de la República romana temprana: reflexiones sobre cómo convertirse en romano

El surgimiento de la República romana temprana: reflexiones sobre cómo convertirse en romano


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Dynneson ofrece una perspectiva única y diferente sobre el tema de la historia romana temprana al enfocarse principalmente en el tema del civismo. El libro está orientado principalmente a estudiantes universitarios. Desafortunadamente, carece de experiencia como historiador. Esto da como resultado un volumen que es particularmente problemático en lo que se refiere a la validez histórica de las afirmaciones sobre el surgimiento del imperio romano temprano.

Thomas L. Desde su época como académico visitante en la Universidad de Stanford, Dynneson investigó principalmente el civismo. Como él lo describe, el civismo “es una visión especial de los medios que los estados y los líderes estatales utilizan para influir, dar forma y dirigir la comprensión de los ciudadanos de su papel y su identidad en referencia al estado” (Autobiografía de Thomas L. Dynneson). Continuando con esta línea de investigación en Surgimiento de la República Romana Temprana, Dynneson examina “narrativas históricas antiguas y modernas sobre la formación de una identidad corporativa romana temprana y emergente” (XII). La identidad, sugiere Dynneson, está directamente relacionada con el desarrollo de la noción de ciudadanía en la temprana República romana. Otros factores relacionados con el tema de la identidad incluyen el civismo, la aculturación, la urbanización y la asimilación, cada uno de los cuales define brevemente.

Consta de cinco partes. La primera parte se centra en los eventos, especialmente los legendarios, que ayudaron a establecer la mentalidad romana. El capítulo uno describe el (legendario) ascenso al poder de Numa y la posterior reforma de la sociedad romana. El capítulo 2 describe la mentalidad romana en lo que respecta a la religión romana. Definiendo el paisaje como “un escenario físico tridimensional que se relaciona con la interpretación de la cultura desde un contexto o que se enfoca en la relación entre los humanos, la naturaleza y el uso del espacio dentro de un mundo habitado” (35), el Capítulo 3 describe el paisaje de la antigua Roma. En particular, intenta mostrar cómo el paisaje proporciona una visión de la identidad, especialmente la ciudadanía y los valores comunitarios. En el capítulo 4, Dynneson intenta establecer la moral y las virtudes como un aspecto principal de la identidad y ciudadanía romanas, especialmente el de la hombría al servicio del estado. Habiendo simplificado la noción romana de virtud a la virilidad al servicio del estado, el Capítulo 5 analiza cómo la leyenda de Lucrecia ilumina el papel de la mujer en el desarrollo de la identidad romana. En el capítulo 6, Dynneson describe la educación romana. Básicamente, tenía sus raíces en un modelo de inculturación, en el que a los niños se les enseñaban costumbres prácticas que fortalecían su civismo. También describe brevemente las primeras escuelas romanas, junto con una historia corta sobre cómo un maestro de escuela intentó violar a una estudiante, una sección completamente innecesaria.

La segunda parte considera los orígenes históricos de la cultura romana. El capítulo 7 examina el fundamento de los mitos de Roma. Presenta los mitos y luego sugiere una "visión histórica" ​​basada en la cultura del pueblo y el parentesco tribal. Este capítulo, sin embargo, parece más una presentación de un modelo antropológico del parentesco y la vida del pueblo que una descripción histórica de los pueblos romanos. El capítulo 8 analiza a los siete reyes de Roma como un medio para comprender cómo se desarrolló la constitución romana primitiva, una constitución que informaba la ciudadanía y la identidad. El capítulo 9 intenta argumentar un modelo de desarrollo social del tribalismo al urbanismo. Desde una perspectiva antropológica, lo conecta con cuestiones de ciudadanía.

La tercera parte pasa a los temas de aculturación y asimilación. Centrándose en los tres grupos principales alrededor de la Roma temprana, considera cómo los etruscos, griegos, fenicios y bárbaros influyeron en la sociedad romana y, por lo tanto, en la identidad romana. Para los etruscos, apunta a un fuerte intercambio cultural entre Roma y los etruscos, especialmente en lo que respecta a la organización militar, el arte / arquitectura y la religión. En cuanto a los griegos, Dynneson proporciona una descripción general de algunos asentamientos griegos en Italia, lo que sugiere que su urbanización y otras tecnologías avanzadas influyeron en el desarrollo etrusco y, por lo tanto, influyeron indirectamente en el desarrollo romano. En cuanto a los fenicios, considera principalmente cómo Cartago influyó en Roma. Si bien presenta una visión general de la historia cartaginesa, su presentación no es muy contundente. La única "influencia" de Cartago y Roma parece ser la expansión comercial. El capítulo 13, el más esquivo históricamente, describe cómo los celtas influyeron en Roma. En particular, el autor describe la cultura y la historia celtas. Luego, apunta al conflicto celta-romano como resultado de un cambio militar y una reforma. Este cambio, argumenta, llevó a la construcción de un imperio.

Dynneson utiliza eventos legendarios y figuras asociadas con eventos legendarios para desarrollar un modelo histórico de identidad y ciudadanía romanas.

La cuarta parte analiza el surgimiento de varias clases sociales. En primer lugar, se ocupa de los orígenes de la aristocracia romana: los patricios (capítulo 14). Haciéndose eco de las ideas de otro erudito, sugiere que los patricios eran originalmente líderes sacerdotales. Además, conecta el desarrollo aristocrático con un cambio en la organización militar. Posteriormente analiza a los plebeyos (capítulo 15). Aquí, describe la narrativa tradicional sobre los plebeyos y también analiza los estudios recientes que ven esa historia como falsa. Entonces, no está claro qué está tratando de hacer en este capítulo. Además, intenta conectar la narrativa tradicional con los problemas de la ciudadanía romana, como en todos los demás capítulos. A continuación, intenta identificar los orígenes del sistema aristocrático hoplita sobre la base de la estructura social romana, la urbanización y la estructura de poder (capítulo 16). Este capítulo, en particular, es denso con demasiado latín. Además, no está claro cómo contribuye a comprender el surgimiento de la república romana. El último capítulo de esta sección expone cómo Servius pudo haber instituido reformas militares que resultaron en una nueva definición de ciudadanía y llevaron adelante la urbanización (Capítulo 17).

La quinta parte describe los cimientos de la república romana de manera más general, centrándose especialmente en la estructura del gobierno y la oficina política romana. Dynneson describe esto con más detalle en el Capítulo 18, describiendo varias reformas que incluyen, aunque no se limitan a, el sistema consular, la salvaguardia constitucional, varios cargos gubernamentales, procesos de nominación y elección y asambleas republicanas (para una descripción general útil, consulte el artículo República Romana por Donald Wasson). Finalmente, en la conclusión, intenta resumir la mentalidad / mentalidad romana a través del marco de la filosofía de Aristóteles.

En general, Surgimiento de la República Romana Temprana presenta una perspectiva interesante sobre la historia romana temprana. Hasta cierto punto, lo hace bien al proporcionar una descripción general, al tiempo que reconoce que el estudio contiene “poco contenido histórico original” (XXII). Su perspectiva está fuertemente informada por su extenso trabajo en antropología y estudios sobre civismo. Sin embargo, su trabajo anterior se ha realizado principalmente en el contexto de la sociedad moderna y contemporánea, no en sociedades y culturas antiguas.

Desafortunadamente, su falta de experiencia con la historia y las sociedades antiguas es clara en todo el volumen, especialmente en términos de cómo los historiadores intentan distinguir entre mitos / leyendas y datos históricos para reconstruir la historia. En casi todos los capítulos, Dynneson hace referencia a los estudiosos de la historia romana que son escépticos acerca de la realidad histórica de ciertas narraciones que se encuentran en fuentes históricas como Livio. Aunque los eruditos tienden a dudar de la realidad histórica de ciertas fuentes y narrativas dentro de esas fuentes, Dynneson, no obstante, emplea tales narrativas para demostrar el surgimiento de la primera república romana desde la perspectiva del civismo.

Desde el principio, establece algunas suposiciones.

Este autor decidió que, aunque los primeros relatos están teñidos de mitos, inventos y adornos, ofrecen una valiosa comprensión de la mentalidad de los romanos, especialmente aquellos valores y virtudes que se mantuvieron para dar forma a una perspectiva compartida del civismo como medida de lo que mantenían como características ideales de su ciudadanía. (XII)

Este estudio también se basa en la convicción (suposición clave) de que la ciudadanía romana primitiva fue moldeada por importantes civisim y otros elementos culturales que se expresaron o comunicaron en forma de virtudes y valores que han evolucionado y se han adoptado en conexión con su social, Instituciones políticas y económicas. (XXI)

Con respecto al primer supuesto, Dynneson comunica que las fuentes nos ayudan a comprender la cosmovisión de las primeras ideas romanas sobre la ciudadanía desde la perspectiva del civismo, incluso si los primeros relatos no son necesariamente fiables. El segundo supuesto expresa un sentido similar: al analizar de cerca los elementos culturales de la Roma temprana tal como se expresan en fuentes documentales, podemos comprender mejor cómo el civismo moldeó la ciudadanía romana a través de valores y virtudes expresados.

Sin embargo, me inclino a estar de acuerdo con Dynneson, solo hasta cierto punto. Estoy totalmente de acuerdo en que fuentes como Tito Livio, Dionisis de Halicarnaso, Plutarco y otras pueden utilizarse para reconstruir una historia de Roma y la ciudadanía romana; sin embargo, debe recordarse que fuentes como estas fueron compuestas en un período mucho más tardío que la temprana República Romana. Como comenta Donald L. Wasson sobre Livio, escribió una notable historia de Roma. “Gran parte de su historia, sin embargo, especialmente los primeros años, se basó puramente en mitos y relatos orales” (República romana de Donald Wasson). Dynneson reconoce esta verdad en todo el libro, como se indica en la introducción y en cada capítulo. No obstante, Dynneson utiliza eventos legendarios y figuras asociadas con eventos legendarios para desarrollar un modelo histórico de identidad y ciudadanía romanas. Es más probable que las historias legendarias reflejen más las nociones de ciudadanía e identidad tal como las percibieron los romanos después del siglo III, el período en el que el material de origen documental se vuelve más confiable.

Por ejemplo, el primer capítulo trata sobre el legendario rey Numa Pompilius. Según la presentación de Dynneson, Plutarco y Livio dan crédito a Pompilio por haber instituido grandes reformas religiosas, reformas que "reemplazaron el derramamiento de sangre bárbaro con un nuevo estado mental basado en la razón" y ayudaron a cultivar un sentido de comportamiento moral y justicia (5). Posteriormente, utiliza estas "reformas" para reflexionar sobre cómo Pompilio pudo haber provocado un nuevo orden civil al cambiar las ideas de la ciudadanía romana durante los siglos VIII-VII a. C. (12-13). Entonces, utiliza material legendario reconocido para construir una historia del civismo romano. Ésta es una tendencia a lo largo de este libro.

En segundo lugar, la falta de interacción con el material de origen primario es decepcionante. Esta es una tendencia a través del volumen. Por ejemplo, en el capítulo 6, en el que describe la educación romana, se refiere principalmente a una única fuente secundaria, interactuando solo una vez directamente con Livio, la fuente primaria. Para mejorar sus argumentos, debería haber pasado más tiempo interactuando con el material de origen primario.

En tercer lugar, la forma en que Dynneson conecta la historia romana con las cuestiones del civismo es a veces confusa y confusa. Sospecho que esto se debe a que existe una desconexión entre el civismo (como una perspectiva antropológica moderna) y la historia romana antigua. Esto es apoyado por su afirmación de que “Cabe recordar que los romanos en su literatura o en su ley no definieron la ciudadanía, como un concepto” (265). Aun así, Dynneson intenta utilizar el civismo y la ciudadanía como conceptos y marcos para interpretar y comprender el desarrollo de la identidad romana primitiva. Hubiera sido más útil si hubiera proporcionado al lector una comprensión más completa del civismo como una perspectiva antropológica y explicado con más claridad cómo el civismo ilumina la identidad romana primitiva.

En conclusión, Dynneson ofrece una perspectiva única y diferente sobre el tema de la historia romana temprana al enfocarse principalmente en el tema del civismo. El volumen en sí incluye algunas historias interesantes sobre la historia romana temprana. Esto da como resultado un volumen que es particularmente problemático en lo que se refiere a la validez histórica de ciertas afirmaciones sobre el surgimiento del imperio romano temprano. En breve, Surgimiento de la República Romana Temprana puede tener algunos detalles y análisis interesantes; sin embargo, dado que el libro regularmente hace muchas afirmaciones históricas, estas afirmaciones históricas deben tomarse con un grano de sal.


Surgimiento de la República Romana Temprana

Una narración audazmente atrevida, este texto presenta una visión general de la historia temprana de Roma, centrando la atención del lector en esas características culturales distintivas y a menudo ocultas que contribuyeron a crear una mentalidad y una perspectiva cívica romanas antiguas únicas. Utilizando un formato histórico, Thomas L. Dynneson aborda estas fuerzas culturales que finalmente dieron forma a los romanos en la ciudad-estado militar más poderosa del mundo antiguo.

Compuesto por numerosos valores y creencias, los romanos buscaron desarrollar a sus ciudadanos como un todo cohesionado. Este enfoque permitió dominar las tácticas prácticas y utilitarias para resolver problemas, una expresión del intelectualismo clásico. Al identificar este sentido de idealismo en paralelo con la encarnación romana del sacrificio para superar todos los obstáculos, el autor explora varias características de convertirse en romano. Dentro de este texto, cada sección está diseñada para reunir los elementos históricos generales que ayudaron a crear una ciudadanía romana única. La sección final de cada capítulo contiene un análisis más detallado, incluida la narrativa del autor con respecto a las fuentes generales utilizadas, y la segunda contiene una revisión de una lectura excepcional recomendada. Los últimos capítulos del libro proporcionan una sección especial de "Beca reciente", que explora el trabajo de las perspectivas "revisionistas" de los estudiosos recientes relacionados con las fuentes antiguas tradicionales.


Thomas L. Dynneson

Thomas L. Dynneson es miembro fundador de la facultad de la Universidad de Texas de la Cuenca Pérmica (UTPB) y es profesor emérito. Comenzó su carrera como profesor de historia en la escuela secundaria en Evergreen High School, Evergreen Colorado y luego se mudó al distrito escolar de Edina en Edina, Minnesota, donde enseñó durante tres años en Southview Jr. High antes de mudarse a Edina High School, donde enseñó historia estadounidense. , gobierno y geografía. Dynneson es un graduado de Macalester College donde recibió un B.S. en Administración de Empresas y luego completó un certificado de enseñanza en educación secundaria, con una especialización en historia y una especialización en geografía. Al finalizar su Ph.D. En educación y antropología en la Universidad de Colorado, Dynneson enseñó métodos de estudios sociales en Coe College durante un año antes de mudarse a Odessa, Texas, donde ayudó a organizar y abrir los departamentos de educación y antropología. A lo largo de su carrera, Dynneson fue invitado a trabajar como académico visitante en la Universidad de Stanford, donde comenzó a organizar el Proyecto de estudios de ciudadanía con el profesor Richard E. Gross de la Universidad de Stanford y el profesor James A. Nickel de UTPB. Dynneson ha presentado muchos trabajos y publicado muchos artículos relacionados con la antropología y la educación, instrucción ciudadana, instrucción en estudios sociales y tecnologías de investigación. Las publicaciones de Dynneson son demasiado numerosas para enumerarlas (para obtener una lista completa de mis publicaciones, comuníquese con el autor). Fue coeditor y autor de Perspectivas de las ciencias sociales sobre la educación para la ciudadanía y autor de Civismo: cultivar la ciudadanía en la historia europea. Actualmente, el Dr. Dynneson ha publicado un libro que explora el desarrollo del civismo en la antigua Atenas. Este libro de 2008 se titula: Civismo ciudad-estado en la antigua Atenas: sus expresiones reales e ideales. Este libro ya está disponible a través de Amazon y la mayoría de los otros medios. Las publicaciones de libros más recientes incluyen: Ascenso de los primeros romanos República: Reflexión sobre hacerse romano (2018) y El surgimiento del Imperio Romano: la voluntad de perseverar (2020). Actualmente, Dynneson está trabajando en un nuevo manuscrito que se titula tentativamente: Aumento del poder marítimo romano: Alejandro a Aníbal (323 a. C. a 146 a. C.).

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La República del Medio

Expansión en Italia

Habiendo superado severos desafíos y reveses iniciales, los romanos derrotaron a muchos enemigos duros para conquistar Italia. Hicieron esto no solo con una determinación tenaz en la guerra, sino también con un trato juicioso y con visión de futuro de los oponentes derrotados.

Lacio y Campania

Otras ciudades importantes del Lacio, como Praeneste y Tibur, utilizaron el desastre galo para hacerse con el liderazgo de las ciudades latinas. Sin embargo, durante aproximadamente una generación, los romanos recuperaron su fuerza. En 381 a. C. conquistaron la vecina ciudad de Tusculum. Este fue un hito en la historia romana porque en lugar de destruirlo o someterlo a tributo, incorporaron a los habitantes derrotados a su propio estado: sus líderes fueron bienvenidos en el senado romano, sus familias principales se convirtieron en miembros de la clase dominante romana (Roma el famoso estadista Catón, que vivió aproximadamente un siglo y medio después de esta época, era nativo de Tusculum), y los habitantes ordinarios de Tusculum se convirtieron en ciudadanos romanos de pleno derecho.

A mediados del siglo IV, el campo de actividad de Roma se estaba extendiendo más allá del Lacio y las colinas circundantes. Los samnitas, una confederación de tribus montañesas del centro-sur de Italia, estaban presionando a las ciudades de la fértil llanura costera de Campania, al sur del Lacio. Los campanianos pidieron ayuda a Roma y, a regañadientes, al darse cuenta de que una toma samnita de esta zona productiva de Italia no les interesaba, los romanos aceptaron hacerlo.

Los romanos obtuvieron la victoria contra los samnitas en la batalla en la Primera Guerra Samnita (343-41), pero un peligro más inmediato para Roma se estaba haciendo evidente: las ciudades latinas estaban planeando volverse contra Roma, apoyadas por las ciudades de Campania, a quienes los romanos eran ayudando (que claramente había llegado a sentir, con los latinos, que Roma se estaba volviendo demasiado poderosa). Los romanos se apresuraron a hacer las paces con los samnitas y casi de inmediato se encontraron en guerra con las ciudades latinas y campanianas.

En la siguiente guerra (340-338 aC) los latinos y campanianos fueron derrotados. Los romanos intentaron entonces una fórmula de paz similar a la que habían concluido con Tusculum, cuarenta años antes. Incorporaron las ciudades más pequeñas más cercanas a Roma en su estado, dando a sus habitantes la ciudadanía romana completa y dando a sus familias principales la oportunidad de convertirse en senadores y jinetes romanos. A las ciudades más grandes, o las más alejadas de Campania, les dieron una forma de “media ciudadanía” (llamada “derecha latina”). Los ciudadanos de estas ciudades tenían los mismos derechos que los ciudadanos romanos en los tribunales romanos, pero no tenían derecho a voto en las asambleas populares de Roma, ni podían presentarse a las elecciones como magistrados romanos o convertirse en miembros del senado romano.

Estas medidas, junto con el establecimiento de una serie de pequeñas colonias de ciudadanos romanos en lugares estratégicos a lo largo de Lacio y Campania, unieron a la gente de Lacio y Campania en una red de intereses compartidos bajo un firme liderazgo romano. Los arreglos resultaron duraderos y, con raras excepciones, los latinos y los campanianos siguieron siendo aliados firmes de Roma durante los siguientes tres siglos.

Las guerras samnitas

Roma ahora podía recurrir a una gran cantidad de personal militar, que iba a necesitar durante las próximas décadas. Como hemos visto, sus nuevos aliados en la fértil llanura costera de Campania venían presionados por las tribus montañesas del interior, los samnitas y sus aliados. Estos tenían fama de luchadores duros. Los romanos se vieron obligados a acudir en ayuda de sus aliados y tuvieron que soportar largos años de guerra en las colinas y montañas del centro y sur de Italia (326-290 a. C.). Experimentaron algunas derrotas desastrosas, pero finalmente pudieron prevalecer. Mientras se enfrentaban a estos enemigos difíciles, también aseguraron su retaguardia en el norte sometiendo a las ciudades etruscas.

En el curso de estas guerras largas y difíciles, los romanos introdujeron cambios importantes en la forma en que se organizaron sus fuerzas militares. Fue entonces cuando surgieron esas formaciones romanas distintivas, la legión y el siglo (y esa figura famosa, el centurión romano).

En la victoria, los romanos volvieron a utilizar una versión modificada de las medidas que habían adoptado con los latinos y los campanianos en 338. En este caso, sin embargo, no hubo una gran extensión de la ciudadanía romana o latina, lo que no era apropiado dada la variedad de comunidades que trajeron. bajo su influencia (y, de hecho, uno de los secretos de esta política era no ser demasiado generoso con la ciudadanía romana o latina y, por tanto, devaluarla). En cambio, las ciudades-estado etruscas, las tribus montañosas samnitas y otras se hicieron aliadas de Roma. Varias pequeñas colonias romanas se plantaron entre estos nuevos aliados, junto con un puñado de grandes colonias cuya gente provenía de los antiguos aliados latinos y campanianos de Roma. Se denominaron colonias latinas y actuaron como un formidable baluarte del poder romano en territorio potencialmente hostil, así como un canal a través del cual se transmitían el derecho y las costumbres romanas, así como la lengua latina, a todos los pueblos italianos. Se construyó una red de carreteras a lo largo de las cuales se podía llevar rápidamente a las tropas si era necesario.

Roma contra Pirro

De esta manera, los romanos construyeron una federación de estados italianos con diversos grados de "cercanía" a ella, desde los que la llevaron a su redil, hasta los que eran simplemente sus "aliados". Todos los estados tenían su lugar, su propia relación individual con la ciudad líder y, como iba a demostrar el tiempo, el sistema iba a ser resistente y duradero. Sus aliados proporcionaron a Roma la mano de obra para defenderse a sí misma y a sus aliados contra nuevos oponentes formidables y extender su dominio.

El siguiente oponente fue realmente formidable. Las ciudades griegas del sur de Italia, alarmadas por el creciente poder de Roma, llamaron a Pirro, rey del reino griego del norte de Epiro (reinó 307-272 a. C.), para que acudiera en su ayuda y salvaguardara su independencia (280 a. C.). Pirro fue uno de los generales griegos más famosos desde Alejandro Magno. Respondió a la llamada, y con uno de los mejores ejércitos de la época (que, dicho sea de paso, incluía 20 elefantes), derrotó a los romanos en varias batallas. El costo para su ejército, sin embargo, fue tan grande, y su mano de obra tan aparentemente inagotable, que se dio cuenta de que nunca podría vencerlos. Después de una derrota a manos de Roma en 275, se fue de Italia a casa, aconsejando a las ciudades griegas que aceptaran Roma. Esto lo hicieron debidamente.

Las grandes guerras púnicas

Después de su conquista de Italia, Roma enfrentó dos grandes guerras con el poder marítimo internacional de Cartago. Estos casi la hacen caer de rodillas, pero el eventual triunfo de Roma la dejó en control del Mediterráneo occidental.

La Primera Guerra Púnica

Hacia el 270 a. C., Roma encabezó una confederación de aliados que cubría toda Italia al sur del río Po. Ahora se encontró con el enemigo más formidable de su historia.

Cartago era en este momento la principal potencia marítima del Mediterráneo occidental. Estaba decidida a mantener esta posición, por lo que cuando surgieron las tensiones en Sicilia que llevaron a los romanos a un enfrentamiento entre los dos poderes se volvió inevitable. Lo que siguió fueron dos conflictos que eran los equivalentes en el mundo antiguo de las dos guerras mundiales del siglo XX.

En la Primera Guerra Púnica (264-241 a. C. - llamada púnica porque los romanos conocían a los cartagineses como fenicios).

Cartago comenzó dominando los mares de Italia. Mientras duró esta situación, poco pudo hacer Roma para atacar a su enemigo. Así que construyó una gran flota y armó sus buques de guerra con un nuevo dispositivo, un puente con un gancho para agarrar un barco enemigo y permitir que los soldados romanos cruzaran y atacaran de cerca. Después de una serie de derrotas desalentadoras, los romanos finalmente comenzaron a obtener victorias en el mar, y así finalmente se impusieron.

Finalmente, los cartagineses llegaron a un acuerdo. Como resultado de la guerra, Cartago cedió algunas ciudades de Sicilia a Roma, pagó una enorme indemnización y poco después del final de la guerra, un motín entre las tropas mercenarias de Cartago entregó Córcega y Cerdeña a Roma. Este fue el comienzo del imperio de ultramar de Roma.

Aníbal

Para reemplazar sus territorios de ultramar perdidos, los cartagineses construyeron su poder en España, formando una red de alianzas con las tribus locales allí. Este fue en gran medida el trabajo de una de sus principales familias, los Barcids. Por casualidad, esta familia produjo un comandante a quien los historiadores han considerado desde entonces como uno de los más grandes generales de la historia. Su nombre era Aníbal.


Busto de mármol de Aníbal

Convirtió la autoridad de su familia en España en una base de poder personal, a partir de la cual pudo reclutar un ejército numeroso y bien entrenado (de nuevo con elefantes). La inevitable guerra estalló de nuevo con Roma en 218 a. C., y Aníbal dirigió a su ejército en una de las marchas más audaces de la historia, sobre los altos Alpes (con elefantes y todo, o para empezar, al menos no quedaba ninguno. al final) y hacia las amplias llanuras del Po del norte de Italia. Su estrategia fue levantar al pueblo de Italia contra sus amos romanos, y así destruir el poder de Roma.

En el norte de Italia, Hannibal pudo recuperar su ejército y reclutar muchas más tropas de los galos que vivían allí en ese momento. Con el acercamiento de Aníbal, estos habían masacrado un par de colonias romanas establecidas en su territorio, por lo que se unieron firmemente a los cartagineses.

La Segunda Guerra Púnica

Los romanos se enfrentaron repentinamente con el principal ejército cartaginés en su propio patio trasero. Esto no les impidió enviar un ejército a España para luchar contra los bárcidos en su propio territorio, y pudieron reunir un ejército para enviarlo contra Aníbal. Este lo destruyó en la batalla de Trebia. Levantaron otro. Este lo condujo a una emboscada en el lago Trasimene y lo destruyó. Levantaron un tercio. En la gran batalla de Cannas (216 a. C.), este tercer ejército romano también fue aniquilado. El camino estaba ahora despejado para que Aníbal marchara sobre Roma y enviara un llamado a sus súbditos para que se liberaran del dominio de Roma.

Solo unas pocas ciudades respondieron a esta llamada, la más importante de las cuales fue Capua. El resto permaneció firmemente leal a Roma durante los siguientes once años mientras Aníbal marchaba arriba y abajo del centro y sur de Italia, devastando la tierra para tratar de llevar a los romanos a la batalla. Bajo su general veterano, Fabius "el retrasador", los romanos siguieron al ejército de Aníbal, pero evitaron la batalla. Un ejército cartaginés bajo el mando del hermano de Aníbal, Habsdrúbal, que repitió la hazaña de Aníbal al marchar sobre los Alpes hacia el norte de Italia, fue llevado a la batalla y profundamente derrotado.

Victoria

En España, mientras tanto, los ejércitos romanos se habían encontrado con una derrota total. Luego, los romanos nombraron a un joven general llamado Escipión para que tomara el mando (otro asunto familiar: fueron su padre y su tío quienes habían llevado a los ejércitos romanos a la derrota), y gradualmente recuperó la situación y ganó la delantera. Hacia el 205 a. C. había establecido el control romano en España.

Los romanos luego invadieron el territorio natal cartaginés en el norte de África en 205 a. C., bajo el mando de Escipión (más tarde apodado "Africanus"). Aníbal fue llamado de Italia para liderar la defensa de la ciudad. La maniobra entre los dos bandos duró hasta 202 a. C., cuando se encontraron en la batalla de Zama. Aquí, Aníbal fue finalmente derrotado por los romanos. La guerra había terminado.

Amante del mediterráneo

Después de su lucha a vida o muerte con Cartago, los ejércitos de Roma conquistaron países de Oriente y Occidente, de modo que a finales del siglo II a. C. dominaba todo el mar Mediterráneo.

El oeste

La victoria sobre Cartago dejó a los romanos como potencia dominante en el Mediterráneo occidental. Pronto, sus ejércitos se vieron involucrados en tratar de mantener sus posiciones en España y luego expandirla. Los duros miembros de las tribus ibéricas, junto con el difícil terreno de la península, hicieron que la tarea de conquistar lo que hoy son la España y Portugal modernas fuera extremadamente difícil, y los romanos tardaron doscientos años en completarla. Como subproducto de esta lucha, los romanos aseguraron un tramo del sur de la Galia en 133 a. C. y plantaron colonias romanas en él para salvaguardar la ruta terrestre a España.

El este

Mientras tanto, los ejércitos romanos se habían involucrado en el Mediterráneo oriental. Los conflictos entre los estados griego y helenístico arrastraron inexorablemente al nuevo poder a sus enredados asuntos. Macedonia, que dominaba Grecia, se puso del lado de Cartago en la Segunda Guerra Púnica, y un ejército romano se involucró en los Balcanes antes del final de la guerra.

Después de Zama, la participación romana se expandió hasta el punto en que, después de derrotar al ejército macedonio en la batalla de Cynoscephalae (197), Roma restringió el control de Macedonia hacia el sur al "liberar" a las ciudades-estado griegas de su interferencia. Antíoco, rey del reino seléucida, invadió Grecia para evitar una mayor participación romana, lo que, por supuesto, tuvo exactamente el efecto contrario al traer a los romanos a la región nuevamente y conducirlo de regreso a Asia (Batalla de Magnesia, 190). Un nuevo rey de Macedonia, Perseo, decidió probar suerte contra los romanos, pero, después de algunos éxitos iniciales, él también fue derrotado en la batalla de Pydna (168) y su reino se dividió en cuatro repúblicas débiles, todas aliadas a Roma. Nuevamente las fuerzas romanas se retiraron. Finalmente, una revuelta generalizada contra los regímenes patrocinados por los romanos en Macedonia y Grecia resultó en la destrucción de la histórica ciudad de Corinto y el establecimiento de un dominio romano permanente en la región (146).

Cartago de nuevo

Cartago había terminado la Segunda Guerra Púnica con sus territorios de ultramar despojados de ella y teniendo que pagar una indemnización masiva a Roma durante los siguientes 50 años. Además, sus vecinos, los númidas, habían desempeñado un papel importante en la guerra como aliados de Roma, por lo que los romanos también habían estipulado que Cartago no iría a la guerra con los númidas excepto con el acuerdo de Roma. A pesar de las numerosas provocaciones de los númidas, Roma nunca concedió este permiso.

In the half century following the war, the Carthaginians focussed on trade, and, despite the indemnity, were soon thriving again. Scarred by their near-extinction in the war, the Romans had acquired an irrational fear of Carthage, and seeing her growing prosperity did nothing to allay these fears. One of their leading statesmen, Porcius Cato, apparently began to end all his speeches in the senate with the words, “Carthago delendo est” (“Carthage must be destroyed”).


Bust of Cato

After paying off her indemnity, Carthage felt that she was now free to pursue her own quarrels with the Numidians. The Romans, however, regarded the requirement for Carthage to seek Rome’s agreement before going to war with Numidia as permanent. In 149, therefore, when Carthaginian forces invaded Numidia, the Romans went to war with their old enemy. The was was a one-sided affair, basically involving a three-year siege of Carthage. When the city fell (in 146), it was levelled to the ground and its inhabitants sold off into slavery its territory was annexed to Rome as the province of Africa.

In the later second century BCE two rulers of kingdoms in Asia Minor, Pergamum and Bithynia, having no heirs, actually bequeathed their states to Rome, laying the foundations of Roman expansion further east.


Methodology and Application: Integritas as a Guide Towards Discovering the Roman Virtues

In many of the works that have come down to us, Romans mention being ethically constant (integer) or possessing ethical consistency (integritas). From this description of “ethical consistency” the English notion of personal integrity is derived. The Romans used the word integritas as a means of describing the procession of an assortment of desirable traits held by a person. These desirable traits reflect those qualities commonly regarded as virtuous. Together these traits formed the system by which one governed themselves and self-regulated their actions. Therefore, the Roman with integrity would analyze a situation in which they were to respond based on what they knew as virtuous. In essence, the ancient Roman with integrity could determine if action XYZ is forbidden (or not) based upon their notion of what virtuous and conveyed integrity. Likewise, they could determine a virtuous response to a situation in a similar manner.

Based on the relationship between integritas and the virtuous traits, the modern scholar can deduce what was commonly regarded as a virtuous action or idea. By analyzing ancient descriptions of the traits associated with being ethically consistent, or integer a greater understanding of the Roman concept of virtue is acquired. Such a methodology can be applied by systematically evaluating the ancient literature for the words “integritas” and “integer”. When these terms are found any description of associated virtuous traits can be noted. Fascinatingly, scholar and classist Robert Kaster evaluated numerous ancient works in this manner and revealed trends in the associated virtues. In conducting this survey, it was found that descriptions of many traits are repeated across authors and time periods. Therefore, in performing this systematic evaluation the range of virtuous qualities essential to the Roman concept of ethical consistency becomes clear. We become a step closer to the actual ancient Roman definition of the virtues and how the concept was understood in antiquity. We free ourselves from the modern construct of “lists” of virtues. Instead a complex series of ideas that overlap and are closely tied together emerges. (See the diagram)

The modern Roman Republic believes that the results of this scholarly survey best describe the core qualities associated with ancient Roman cultural views on the virtues. Together when exemplified these virtues form the core of what it means to be a role model Roman. We believe this stands as true today as it did when Cato walked the streets of Rome.

Historically, some modern interpretations of the virtues have separated the traits into public and private spheres. For example, virtues applicable to private life versus public office being separate exclusive lists of traits. The Roman Republic argues that this delineation is somewhat artificial at best and confusing and misleading at worst. We believe that thinking of the virtues as strongly context specific does not reflect the views of antiquity. The ancient understanding of the virtues suggests ubiquity across both public and private life, at least in regards to the most fundamental and widely agreed-upon virtues.

Interestingly, this systematic review of the ancient literature clearly reveals two different situations in which these virtues are demonstrated. Robert Kaster’s systematic analysis revealed virtuous traits which are of a more personal nature, as well as traits that can only be exemplified in a social setting. Virtues that are of a personal quality are actions and behaviours that do not require the presence of another person in order to embody. These personal virtues could theoretically be demonstrated while stranded alone on an isolated island. For example, such traits would be self-control or being resolute. Conversely, the social virtues can only be demonstrated in the presence of one or more individuals. Some of these traits would be justice or good faith. For one to be a well-rounded individual, they must be proficient within both categories of virtue.

The Roman Republic encourages understanding the virtues as these two overlapping and inclusive categories (see diagram). Not only does this better reflect the ancient Roman understanding of virtus as reflected in the sources but it also underlines how the personal and social virtues are very much complementary to each other. To be proficient in one category requires proficiency in the other. To be an individual with integritas requires an awareness of the virtues beyond one limited and narrow category. Conversely, strength in the personal virtues strengthens one’s social virtues and vice versa. This categorization assists in understanding and teaching the virtues while also acknowledging the inseparability of the categories in practice.

Many of the virtues listed in the survey of the literature by Robert Kaster share commonalities. This is one of the reasons why lists of virtues can be misleading. Using the most frequently stated terms as titles for “themes” allows for the distillation of the virtues into eight core concepts with associated sub-virtues or qualities. These core virtues are: good faith, innocence, resolve, honour, duty, justice, restraint, and purity. Creation of these themes is a modern construct however, it reflects the most frequent terms referenced in the sources while acknowledging the breadth, and close ties between virtuous concepts listed in the literature. We find this arrangement useful in understanding the virtues and the relationships between the different qualities. It also emphasizes the close-knit relationship between many of the Roman ideas about virtue and highlights how the virtuous individual must master multiple interrelated traits in order to achieve integritas. Although distilling the virtues down in this manner is a modern decision, the Roman Republic believes that by doing so we are better reflecting the popularly understood model from antiquity.

It should be noted that the virtues derived from the systematic evaluation by Robert Kaster do not include all possible virtues. Instead, the virtues listed are those most commonly associated with civilian life. For example, some military virtues may exist that would not be easily translatable to civilian life. Furthermore, it is best to view these virtues as the foundation upon which to build one’s own Romanitas and moral compass. Like the ancients, these virtues should be viewed as the core qualities of any virtuous Roman. They are constant across generations and all situations but are not exclusive and exhaustive of all possible virtues.


Republican Wars and Conquest

By the end of the mid-Republic, Rome had achieved military dominance on both the Italian peninsula and within the Mediterranean.

Objetivos de aprendizaje

Describe the key results and effects of major Republican wars

Conclusiones clave

Puntos clave

  • Early Roman Republican wars were wars of both expansion and defense, aimed at protecting Rome from neighboring cities and nations, and establishing its territory within the region.
  • The Samnite Wars were fought against the Etruscans and effectively finished off all vestiges of Etruscan power by 282 BCE.
  • By the middle of the 3rd century and the end of the Pyrrhic War, Rome had effectively dominated the Italian peninsula and won an international military reputation.
  • Over the course of the three Punic Wars, Rome completely defeated Hannibal and razed Carthage to the ground, thereby acquiring all of Carthage’s North African and Spanish territories.
  • After four Macedonian Wars, Rome had established its first permanent foothold in the Greek world, and divided the Macedonian Kingdom into four client republics.

Términos clave

  • Punic Wars: A series of three wars fought between Rome and Carthage, from 264 BCE to 146 BCE, that resulted in the complete destruction of Carthage.
  • Pyrrhus: Greek general and statesman of the Hellenistic era. Later he became king of Epirus (r. 306-302, 297-272 BCE) and Macedon (r. 288-284, 273-272 BCE). He was one of the strongest opponents of early Rome. Some of his battles, though successful, cost him heavy losses, from which the term “Pyrrhic victory” was coined.

Roman Conquest of the Italian Peninsula: This map shows the expansion of Roman territory through the various wars fought during the Republican period.

Early Republic

Early Campaigns (458-396 BCE)

The first Roman Republican wars were wars of both expansion and defense, aimed at protecting Rome from neighboring cities and nations, as well as establishing its territory in the region. Initially, Rome’s immediate neighbors were either Latin towns and villages or tribal Sabines from the Apennine hills beyond. One by one, Rome defeated both the persistent Sabines and the nearby Etruscan and Latin cities. By the end of this period, Rome had effectively secured its position against all immediate threats.

Expansion into Italy and the Samnite Wars (343-282 BCE)

The First Samnite War, of 343 BCE-341 BCE, was a relatively short affair. The Romans beat the Samnites in two battles, but were forced to withdraw from the war before they could pursue the conflict further, due to the revolt of several of their Latin allies in the Latin War. The Second Samnite War, from 327 BCE-304 BCE, was much longer and more serious for both the Romans and Samnites, but by 304 BCE the Romans had effectively annexed the greater part of the Samnite territory and founded several colonies therein. Seven years after their defeat, with Roman dominance of the area seemingly assured, the Samnites rose again and defeated a Roman army in 298 BCE, to open the Third Samnite War. With this success in hand, they managed to bring together a coalition of several of Rome’s enemies, but by 282 BCE, Rome finished off the last vestiges of Etruscan power in the region.

Pyrrhic War (280-275 BCE)

By the beginning of the 3rd century BCE, Rome had established itself as a major power on the Italian Peninsula, but had not yet come into conflict with the dominant military powers in the Mediterranean Basin at the time: the Carthage and Greek kingdoms. When a diplomatic dispute between Rome and a Greek colony erupted into a naval confrontation, the Greek colony appealed for military aid to Pyrrhus, ruler of the northwestern Greek kingdom of Epirus. Motivated by a personal desire for military accomplishment, Pyrrhus landed a Greek army of approximately 25,000 men on Italian soil in 280 BCE. Despite early victories, Pyrrhus found his position in Italy untenable. Rome steadfastly refused to negotiate with Pyrrhus as long as his army remained in Italy. Facing unacceptably heavy losses with each encounter with the Roman army, Pyrrhus withdrew from the peninsula (thus giving rise to the term “pyrrhic victory”).

In 275 BCE, Pyrrhus again met the Roman army at the Battle of Beneventum. While Beneventum’s outcome was indecisive, it led to Pyrrhus’s
complete withdrawal from Italy, due to the decimation of his army following years of foreign campaigns, and the diminishing likelihood of further material gains. These conflicts with Pyrrhus would have a positive effect on Rome. Rome had shown it was capable of pitting its armies successfully against the dominant military powers of the Mediterranean, and that the Greek kingdoms were incapable of defending their colonies in Italy and abroad. Rome quickly moved into southern Italia, subjugating and dividing the Greek colonies. By the middle of the 3 rd century, Rome effectively dominated the Italian peninsula, and had won an international military reputation.

Mid-Republic

Punic Wars

The First Punic War began in 264 BCE, when Rome and Carthage became interested in using settlements within Sicily to solve their own internal conflicts. The war saw land battles in Sicily early on, but focus soon shifted to naval battles around Sicily and Africa. Before the First Punic War, there was essentially no Roman navy. The new war in Sicily against Carthage, a great naval power, forced Rome to quickly build a fleet and train sailors. Though the first few naval battles of the First Punic War were catastrophic disasters for Rome, Rome was eventually able to beat the Carthaginians and leave them without a fleet or sufficient funds to raise another. For a maritime power, the loss of Carthage’s access to the Mediterranean stung financially and psychologically, leading the Carthaginians to sue for peace.

Continuing distrust led to the renewal of hostilities in the Second Punic War, when, in 218 BCE, Carthaginian commander Hannibal attacked a Spanish town with diplomatic ties to Rome. Hannibal then crossed the Italian Alps to invade Italy. Hannibal’s successes in Italy began immediately, but his brother, Hasdrubal, was defeated after he crossed the Alps on the Metaurus River. Unable to defeat Hannibal on Italian soil, the Romans boldly sent an army to Africa under Scipio Africanus, with the intention of threatening the Carthaginian capital. As a result, Hannibal was recalled to Africa, and defeated at the Battle of Zama.

Carthage never managed to recover after the Second Punic War, and the Third Punic War that followed was, in reality, a simple punitive mission to raze the city of Carthage to the ground. Carthage was almost defenseless, and when besieged offered immediate surrender, conceding to a string of outrageous Roman demands. The Romans refused the surrender and the city was stormed and completely destroyed after a short siege. Ultimately, all of Carthage’s North African and Spanish territories were acquired by Rome.

Hannibal’s Famous Crossing of the Alps: Depiction of Hannibal and his army crossing the Alps during the Second Punic War.

Macedon and Greece

Rome’s preoccupation with its war in Carthage provided an opportunity for Philip V of the kingdom of Macedonia, located in the northern part of the Greek peninsula, to attempt to extend his power westward. Over the next several decades, Rome clashed with Macedon to protect their Greek allies throughout the First, Second, and Third Macedonian Wars. By 168 BCE, the Macedonians had been thoroughly defeated, and Rome divided the Macedonian Kingdom into four client republics. After a Fourth Macedonian War, and nearly a century of constant crisis management in Greece (which almost always was a result of internal instability when Rome pulled out), Rome decided to divide Macedonia into two new Roman provinces, Achaea and Epirus.


Why Ancient Rome Needed Immigrants to Become Powerful

How “Roman” was the Roman Empire? Well, by some measures: not very.

As the Roman emperors sought to expand and strengthen their empire, they recognized that immigration was a means for both. Although the Roman elites sneered at immigrants, the emperors welcomed them into the labor force and military, keenly understanding that for the empire to grow and thrive it had to have new blood. Not only was the populace changing but the emperors themselves came from diverse backgrounds, from Spain to Syria.

Their legions contained ever fewer Italians, let alone Romans. Rome became a melting pot, in many ways as much a Greek city as a Latin one, and with African, Celtic, Egyptian, German and Jewish populations as well. But not everyone was pleased with the emperors&apos approach to immigration.

Writing in the late first century AD, for example, the poet Juvenal invents a character who can’t bear how Greek the city of Rome had become, what with its Greek-speaking population and their customs. He complains in frustration, 𠇏or a long time now the Syrian River Orontes has flowed down into the Tiber.” For that matter, some Greeks were equally xenophobic, like the Greek satirist Lucian (second century AD), who scorned coarse Roman patrons. But snobbery could not stem the tide of change.

An ancient Roman military parade. Immigrants comprised much of the Roman army. 

Hulton Archive/Getty Images

Between roughly 300 BC and AD 200, millions of immigrants came to Italy. Most arrived in chains, as slaves, the victims of Rome’s wars of expansion or of piracy. But others came of their own free will, either to seek their fortune or to lose themselves in the anonymity of a big city with a population of about a million, Rome was the largest city in Europe or the Mediterranean. In this cosmopolitan place, people of various backgrounds and skill sets saw opportunities abounding.

The emperors embraced the newcomers, less out of idealism than out of self-interest. Rome had conquered most of its empire under the Republic (509-31 BC). In those days, a narrow elite drawn from a few noble families in the city of Rome governed the empire and considered most of its millions of inhabitants as subjects to be exploited. That was not sustainable, and the Caesars knew it. They came to power with the support of people from outside the old elite, primarily from elsewhere in Italy at first and then, later, from the whole empire. The emperors (31 BC – AD 476 in the West, centuries longer in the East) proved to be much more liberal and open-minded than their predecessors.

The Roman Republic had granted citizenship to all the free people of Italy but only slowly and for the most part under duress. The nobles never really accepted other Italians as equals. The emperors extended citizenship to people in the provinces who supported the Roman government, first to elites, then to whole communities, and ultimately to all free inhabitants of the empire, who acquired citizenship in AD 212.

But the emperors did business with slaves and freedmen as well. As brutal as Roman slavery was it offered many more paths to manumission than American slavery did. Under some emperors, former slaves headed key government agencies. The freedman Narcissus, for example, was one of the emperor Claudius’s most powerful advisors. Another case is Caenis, an influential female secretary in the imperial family who helped stop a coup d𠆞tat against one emperor and eventually became the common-law wife of another. She was an ex-slave.

The Roman army represented new people as well. Men from Germany, the Danube River valley or the Balkans became the backbone of the legions. Meanwhile, soldiers from Italy were in short supply. By the third century AD, as one contemporary writer put it, “The men of Italy, long unused to arms and war, were devoted to farming and peaceful pursuits.”

Roman Emperor Constantine making a donation from the city of Rome to the Pope in support of his newfound devotion to the Christian church. (Credit: Prisma/UIG/Getty Images)

The empire was bookended, in a sense, by rulers of starkly different origins. Augustus, the first emperor, was part Roman noble his other ancestors were wealthy Italians. The first Christian emperor, Constantine, reached the throne nearly 350 year later. His father came from what is today Serbia and his mother came from today’s Turkey. In between these two men came emperors from Spain, North Africa, Croatia, Serbia, and Syria. They reflected the diversity of the empire they had made.

The Roman Empire over the centuries welcomed new and different people, recognizing that greater strength𠅌ulturally, economically, militarily— lay with a growing populace that brought ideas, influence, and brawn. Yet, the newcomers were indeed Romans and were expected to adhere to the empire’s founding principles. The Latin language, Latin literature, basic Roman values such as honor and obedience, Roman architecture and urban planning, Roman law, and, above all, the Roman army, all endured. The immigrants changed Rome but Rome changed the immigrants in turn.

Barry Strauss, professor of history and classics at Cornell University, is a leading expert on ancient military history. His latest book is Ten Caesars: Roman Emperors from Augustus to Constantine. He is also the creator and host of the podcast 𠆊ntiquitas: Leaders and Legends of the Ancient World.’ 


My perspective

This part of the review is from my perspective as an expert on Early Rome. I will address more general problems as well as a few specific instances where I think Dynneson’s interpretation is flawed.

My first, and perhaps most important, complaint from the perspective of a historian is that Dynneson seems to have relied heavily on modern scholars’ interpretation of primary sources, while not consulting these himself. Of course, I cannot actually speak for his process, but ancient authors are rarely cited and conclusions are drawn almost exclusively from the perspectives of modern works. This may not seem like a significant problem for some lay readers, but to a historian this is extremely problematic. Without an intimate understanding of the sources themselves, and reflective contemplation of them, it is impossible to really understand the period, or at least what later Romans thought of the period.

This culminates in worrying declarations that betray a very loose relationship between Dynneson and his source material. Statements such as this should have given peer-reviewers concern: “In addition to the ancient sources, historians have included material on [Roman] religion as early as Cicero, and many others down through the ages” (p. 33). These are compared with the earlier mentioned authors, Livy, Dionysius of Halicarnassus, and Plutarch. I find it absurd to describe these three authors as “the ancient sources” in comparison to Cicero who was consul before Dionysius was born and sometime around the year of Livy’s birth, and who died at least one-hundred years before Plutarch was even born!

It is surprising, in light of the reliance on secondary sources, and given the period and topic under examination, that there is not a single non-anglophone entry in the bibliography. As the author wanted to examine civic identities, I am flabbergasted to not find in the bibliography Stéphane Bourdin’s Les peuples de l’Italie préromaine. Identités, territoires et relations inter-ethniques en Italie centrale et septentrionale (VIIIe-Ier s. ac. J.-C.) (2012), or even Carmine Ampolo’s “La città riformata e l’organizzazione centuriata. Lo spazio, il tempo, il sacro nella nuova realtà urbana,” Show Now available in A. Giardina and A. Schiavone, Storia di Roma (1999), pp.49-85. among many others. Dynneson’s thinking on certain topics, especially the function of Roman gentes y el curiae would have been enhanced by consulting Christopher Smith’s The Roman Clan: The Gens from Ancient Ideology to Modern Anthropology (2006).

The reliance on modern works, rather than ancient evidence, led Dynneson to almost copy lines from the authors he read. Take for instance this passage from chapter sixteen juxtaposed to that from one of his most-cited sources. In discussing the names of the Roman gentes, Dynneson’s sentence reads “names also were associated with geographical regions and also specific geographical features (Oppius, Caelius, Vibennius, and so forth)” (p. 285). While R.E. Mitchell wrote “names are associated with obvious regions or with geographical features – Oppius, Caelius, and Vibennius – but the origins of most names remains obscure.” Show R.E. Mitchell, Patricians and Plebians: The Origin of the Roman State (1990), p. 50. It should be noted that in Dynneson’s book this line, and its paragraph, feels like a non-sequitur and that it belongs in the previous section of the chapter.

There are too many places where either confusion or misunderstanding hampers the author’s arguments to single out all of them. There are a few passages, however, that I would like to point out as examples (although I will admit these were chosen fairly arbitrarily).

The first is in the “Reflections on Becoming Roman” section of chapter eleven, The Hellenes of Magna Graecia. The third paragraph begins with “Caere (Kyme)” (p. 200). It appears that Dynneson is trying to clear up for his reader that the Etruscan city of Caere was known by other names, however Kyme is not one of them. Kyme is the Greek spelling of Cumae, a city on the Bay of Naples. Rather, Hellenic authors referred to Caere (Etruscan Cisra) as Agylla. Show e.g. by Herodotus, Diodorus Siculus, etc.

In this paragraph, the author goes on to say (pp. 200-201):

Because the Tiber River was an ideal commercial highway for moving goods inland from the coast, the Romans soon realized that control of Tiber River was essential for their economic wellbeing. Rome, more than any other city, was in a position to become “the emporium” of central Italy. This recognition was exemplified when the first gifts to Olympian Zeus included some gifts from Italian cities that also established treasuries at the temple of Delphi, and also when Romans applied to the oracle at Delphi to resolve some pressing religious questions.

It could be argued that Rome’s position at a ford in the Tiber, somewhat near the coast, and on the North-South road did position it well for participating in trans-Mediterranean trade, but the evidence from the coastal cities of Etruria should make us wary of saying Rome was in a position to become the preeminent trading city. Beyond this, however, the sentence which beings “this recognition” is completely nonsensical. Assuming that the Romans did presume to be the most important traders, and in possession of the most economically valuable plot of land in central Italy, why would it be exemplified by “first gifts” to “Olympian Zeus” donated by a number of Italian cities at Delphi, a sacred complex dedicated to Apollo?

Dynneson speaks often about hoplites, at one point noting that “Early Roman aristocratic citizenship was based on a hoplite military mentality (a phalanx mentality related to the idea of a heavily armored interlocked infantry formation armed with lances, short swords, shields and armored leg grieves)” (p. 258). Given recent reconsiderations of what “hoplite warfare” was, and how warfare impacted social structure in Archaic and Classical Greece, this conclusion feels rather uninformed. No reference will be found in the bibliography to skeptical historians of Hellenic warfare (such as van Wees, Rawlings, or Krentz), or even updated studies which are more supportive of the “hoplite orthodoxy”. Show For instance, a number of the articles in D. Kagan and G.F. Viggiano (eds), Men of Bronze: Hoplite Warfare in Ancient Greece (2013).

Readers will also be confused by this passage from chapter eighteen (pp. 319-320):

The early “constitution” of Rome also reflected a confusing set of checks and balances in which decisions were easily nullified by an opposing political force. The “constitution” reflected a division of powers, which was aimed at protecting liberties, but led to military disasters such as the Battle of Cannae. In this battle the Roman forces under the dictator Fabius allowed the forces of Hannibal to defeat the Romans. The Roman forces under the dictator Fabius Maximus attempted to defeat the Carthaginians through a war of attrition, which allowed the forces of Hannibal to regroup. The strategy of Fabius created confusion and division among Roman political leaders, which then brought on a constitutional crisis in which Fabius was finally replaced.

To begin with, Fabius Maximus was not the commander at Cannae. This dishonor falls to either Gaius Terentius Varro, traditionally blamed for the disaster, or Lucius Aemilius Paullus. Show On the Roman command at Cannae, see G. Daly, Cannae: The Experience of Battle in the Second Punic War (2002), pp. 119-123. These two were the consuls at the time Fabius had not been dictator for some time. It seems that Dynneson has confused the political disagreement about Fabius’ strategy of delay and attrition for the defeat at Cannae, although I cannot say for sure. As well, it is an exaggeration to say that the aftermath of Fabius’ campaign was a “constitutional crisis” and is simply one of many examples of Roman political tensions.

Unfortunately, these are only some of the historical problems of the book, and I have neither the time nor the patience to discuss all of them.

In terms of analysis and drawing new conclusions about the development of the Roman state, civic structure, or civic identity, the volume adds little. The individual chapters are essentially just summaries of the author’s thoughts on certain topics, but without the proposition of new ideas. In fact, much of what Dynneson concludes can be seen as outdated, or at least controversial. This is because he has formed his understanding of Early Rome primarily from Richard E. Mitchell’s Patricians and Plebians: The Origin of the Roman State (1990). While this is an interesting volume, many of its theses are contentious and it should probably not be the main source of an author’s knowledge.

I had hoped that the general conclusions would provide an insightful summary and interjection of some fresh takes on early Roman history, but I was disappointed. It begins with a wandering discussion of Aristotelian philosophical and political thoughts (pp. 339-341). Dynneson then goes on to discuss some of what had been earlier in the book, such as the essential place that myth and legend played in the formation of Roman identity, the importance of religion in Early Roman life and civic culture, and the importance of military virtues to Roman identity.


Virtue

Long before Cato had ever begun his illustrious political career he had represented the Roman value of virtue, which was the starting point for his ascension in Roman society. Virtue, by early Roman standards, was to epitomize manliness and selflessness. To be considered virtuous one must have been able to defend his family and community as well as to put the interests of his family, community and state ahead of his own. Plutarch describes Cato as having “a good physique,” “living temperately” and “serving in war.”[9] These were all virtuous qualities according to Roman ideals and helped Cato build his reputation early on. Plutarch also portrays Cato as being selfless by stating that “He would never refuse to be an advocate for those who needed him.”[10] This demonstrates that Cato would continuously put the interests of others above his own.

Cato the Elder displayed an uncanny level of gravity, which was the value of absolute self-control. Plutarch illustrates Cato’s gravity by stating that “For his general temperance and self-control he really deserves the highest admiration.”[11] A prime example of Cato’s gravity is how he handled himself as a leader in the military. Cato never took excessive amounts of rations for himself, nor did he travel opulently as did some of his peers.[12] Cato could have traveled luxuriously and charged his luxuries to the state, but he never did.[13] Cato truly embodied the early Roman value of gravity in his everyday life.

For his general temperance and self-control he really deserves the highest admiration.

It has been said that Cato the Elder was the embodiment of the values of early Roman society, and based on the analysis of Cato’s life as told by Plutarch he clearly did live by the values of early Rome. Cato the Elder exemplified piety, faith, virtue and gravity in his daily life.

This post is modified from an academic paper and has been used in Turn-It-In. Any information from this post used in an academic paper must be cited or it will be flagged as plagiarism. Primary and secondary sources for this post have been cited below.


Ver el vídeo: Raul Alfonsín - Somos la Unión Cívica Radical (Julio 2022).


Comentarios:

  1. JoJobar

    Estas equivocado. estoy seguro Puedo defender la posición. Escríbeme por MP.

  2. Wilfryd

    Gran idea, estoy de acuerdo.

  3. Shakataur

    pregunta atractiva

  4. Gabal

    En mi opinión, admites el error. Ofrezco discutirlo.

  5. Nikobei

    Todo en buen tiempo.

  6. Zuluzil

    ¿Puedo preguntar en tu casa?



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